Monday, March 14, 2016

 

The witch ( por Mariana Enriquez )


CRUZ DIABLO


Los bosques son su dominio. Desde el principio de los tiempos. Fue el Gran Dios Pan de la mitología griega, que representaba la naturaleza salvaje, la diseminación del miedo, el poder sexual. Fue Cernunnos, el dios cornudo de los celtas. Para la Iglesia, el Diablo aparece como macho cabrío y, cuando es antropomórfico y se reúne con sus fieles en la espesura, siempre tiene cuernos. En esos bosques, donde se lo adora, también viven sus amantes, las encargadas de expandir su poder: las brujas.
El terrible bosque es uno de los protagonistas principales de The Witch, la película de terror histórica que conmovió Sundance y se estrena acá el próximo jueves, debut del joven director Robert Eggers (32 años), una reconstrucción minuciosa de las desgracias que caen sobre una familia de puritanos en la Nueva Inglaterra de 1630, es decir, poco más de sesenta años antes de que se desatara aquella locura colectiva que se conoció como los juicios de Salem. Arthur Miller lo explicaba en su pieza clásica: “Los bosques incultos eran el refugio del Demonio, su punto de apoyo y su último bastión de resistencia. Para los puritanos, el bosque americano era el único lugar de la tierra donde no se rendía culto a Dios.” Y en la película de Eggers los bosques que rodean a la solitaria familia son pasajes a otros mundos, donde habita el Mal y hasta se lo escucha, suspira entre los árboles, roza los troncos, camina sobre las hojas bajo un cielo siempre gris.
El verismo es la clave de The Witch y de la excepcional sugestión que produce verla. La primer escena es brutal y misteriosa: la familia protagonista es expulsada de su comunidad, un pueblo-fuerte, con muros de madera, protegido de los indios y de quién sabe qué otros enemigos. Nunca se explicita claramente el motivo de la expulsión. Pero desde ese primer instante la sensación de desgracia cunde, es palpable y nauseabunda. Es el destierro. Robert Eggers, en una entrevista con la revista Wired, contó que esa palidez de vientre de pez, esa falta de color terrible de la película, se logró filmando los exteriores sólo durante días nublados y los interiores usando apenas luz de velas. Antes de empezar a dirigir, Eggers era diseñador de producción y carpintero. El trabajo artesanal se nota en la película, su gusto por armar los sets y hasta el vestuario. En The Witch, la búsqueda del efecto de autenticidad está mediada por varias estéticas: los pintores de la edad de oro holandesa, las pinturas negras de Goya, las simetrías de Kubrick, los panfletos sobre brujería isabelinos, la expresividad de los actores de Carl T. Dreyer y mucho de Ingmar Bergman aunque, asegura Eggers, le da vergüenza mencionarlo. “Por ahora soy apenas el debutante que llamó la atención”, dice. “Bergman es una influencia pero me parece arrogante que nuestros apellidos queden en el mismo renglón. Las inspiraciones me ayudaron para el verosímil. Quise contar el arquetipo: por qué la bruja sigue siendo interesante, importante, poderosa. Me pregunté a través de qué estética podía hacerla terrorífica y vital otra vez. Decidí volver al tiempo en que la bruja era una realidad. La única manera de hacerlo era ser muy meticuloso. La meticulosidad, los detalles, son mas importantes que la autenticidad”.

EL DIABLO ESTA EN LOS DETALLES

Robert Eggers dice que quería hacer de su película “una pesadilla puritana”. Pero resulta que The Witch tiene esa repulsiva sensación de inminencia de la pesadilla pura que trasciende su ambientación histórica. Los rostros de la madre y el padre de la familia son brutales, gente agotada por el trabajo duro e improductivo, la total falta de placer en sus vidas, el constante temor de Dios. La madre es Kate Dickie, una actriz maravillosa conocida por su papel como la demente Lysa Arryn en Juego de Tronos. Su marido, Ralph Ineson, también es parte del elenco de Juego de Tronos: ambos tienen un gesto antiguo en sus caras ajadas, él casi un Cristo medieval, ella una cruza entre las tristes domésticas de Nicolas Maes y la rígida mujer de la pintura American Gothic de Grant Wood. Esta pareja aislada y un poco incompetente –especialmente el padre, que no se destaca como granjero– tiene cinco hijos: Thomasin, la hermosa adolescente rubia que, a diferencia de los demás, está llena de vida y curvas; el varón de diez años Caleb, que teme por su alma y atormenta a sus padres con preguntas sobre si va a irse o no al infierno; una pareja de gemelos traviesos que se la pasan jugando con Black Philip, el macho cabrío de la granja –que les habla, dicen ellos, les susurra cosas– y un bebé sin bautizar. El bebé inicia la escalada de desgracias que la familia le atribuye muy pronto al Mal. Cuando Thomasin está jugando con él a “¿Dónde está? ¡Acá está!” cerca del bosque, se saca las manos de los ojos y el niño, efectivamente, ya no está. La familia lo busca y, aunque no se lo cree, decide que se lo llevó un lobo. Pero Thomasin no vio a ningún animal llevarse a su hermanito en los segundos que mantuvo los ojos cerrados.
La desdicha por desaparición es terrible y la madre, Katherine, se lamenta día y noche porque el niño aún no había sido bautizado. En 1521 el teólogo Silvestro Mazzolini da Prierio, uno de los adversarios de Lutero, indicó que el ungüento que las brujas empleaban para volar en su escoba estaba hecho a base de la grasa de niños sin bautizar que se extraía hirviéndolos en un caldero. Y aquí de The Witch pisa con decisión: para esta familia el Mal es muy real. Las brujas son muy reales. Pactan con el demonio, tienen sexo con él, roban chicos, infestan las cosechas, poseen a las personas, vuelan. Y si para esta familia el Mal es real, también lo es para la película. Todo lo que ellos creen, sucede. No puede decirse mucho más sin arruinar los detalles diabólicamente ejecutados, aunque se puede decir que nunca antes una cabra macho dio tanto miedo (ni actuó tan bien). Y se puede decir que los padres pronto hacen recaer sobre la adolescente Thomasin la responsabilidad: ella debe ser la bruja. Ella entra y sale del bosque sin daño. Ella está creciendo fuerte y hermosa, con su piel delicada y los labios rojos mientras todo lo demás muere. ¿Es una bruja? La película avanza hacia un desenlace impactante que parece darle la razón a los demenciales y severos jueces que años más tarde presidirían la histeria de Salem.

EL SI DE LAS NIÑAS

En 1692, la Colonia de la Bahía de Massachusetts ejecutó a 14 mujeres, 5 hombres y 2 perros por brujería. Todo empezó en enero: la primera ejecución fue en junio, la última en septiembre. Fueron afectados 25 pueblos de la zona, especialmente Andover. Aunque se los conoce como los Juicios de Salem, las audiencias se hicieron en varios pueblos: sucede que los más infames fueron en la corte de Oyer y Terminer, en Salem. Y eran de Salem las dos chicas que mostraron “síntomas” de embrujo y empezaron las denuncias: Betty Parris y Abigail Williams, las dos de menos de 12 años. Como en The Witch , la brujería en Salem fue un asunto de adolescentes y de preadolescentes. Escribe Stacy Schiff en su polémico libro The Witches: Salem, 1692 editado en 2015 (polémico porque no ofrece respuestas sobre qué le pasó a esta gente, apenas un torrente de datos): “Esa edad sin moderación, esa edad vulnerable e invencible donde se camina por el borde de lo racional e irracional todo el tiempo, cuando surge el interés en lo espiritual y lo sobrenatural.” También, claro, fue un asunto de mujeres de cualquier edad, como toda la caza de brujas histórica durante cuatro siglos. “¿Qué se está diciendo cuando se pone al emblema de la más baja tarea doméstica entre las piernas para volar sobre él, desafiando los lazos comunitarios y las leyes de la gravedad?”, se pregunta Schiff. Y agrega dos cuestiones que también son la base narrativa de The Witch: tanto la película como los juicios de Salem tienen elementos de cuentos de hadas. “Salem toca lo que no es real pero sí es verdadero: en su corazón hay deseos sin cumplirse y ansiedades inexpresables, corrientes sexuales y terror crudo. Como en los cuentos de hadas, es una historia donde las mujeres tienen roles decisivos”. Schiff agrega que, además, en esos años las mujeres solían tener el doble estatus de contaminadas y superheroínas: las colonias estaban llenas de historias sobre cautivas, sobre el atrevimiento de las mujeres que decapitaban indios, sobre su independencia cuando quedaban viudas. El caldo de cultivo para el temor a una mujer desprendida de lo doméstico era óptimo.
En The Witch, una de las (varias) crisis después del secuestro del hermano bebé estalla cuando Thomasin, la adolescente, se entera de que será entregada como sierva a una casa de familia del pueblo que acaban de abandonar –era una costumbre habitual entre los puritanos–. Las chicas que servían en casas de familia eran con frecuencia golpeadas y abusadas sexualmente. Thomasin, al negarse a ser entregada y así reclamar la posesión de su cuerpo, desata fuerzas desconocidas. La mayoría de las chicas embrujadas de Salem eran mucamas huérfanas o chicas que habían visto a su familia morir en manos de los indios que, escondidos en el bosque, atacaban como una fuerza veloz e invisible: sobrenatural.

LA EDAD DEL MIEDO

Hace tiempo que las películas de terror parecen encerradas en su universo de juvenilia, bajo presupuesto, respingos, ultraviolencia y found footage. Son películas sin ambición que funcionan bien comercialmente pero son tan predecibles que cuando resalta alguna, por factura o por un destello de inteligencia, se vuelve casi un fenómeno, como pasó con El conjuro de James Wan (2013 y casualmente también con brujas). Pero lo que hace tiempo no sucede es que una película de terror intente trascender a su público cautivo para entretener o sacudir a una sociedad entera, como en su momento lo hicieron El exorcista de William Friedkin o La noche de los muertos vivos de George A. Romero: ambas muy políticas, tematizaron el fin del sueño de los ‘60 desde diferentes ángulos; el mismo día que se terminó de editar La noche…, fue asesinado Martin Luther King; el director y sus asistentes escucharon la noticia por radio. Basta ver cuando, en la película, le disparan al protagonista, el actor afroamericano Duane Jones para comprender hasta qué punto atrapaba el clima de época.
The Witch no tiene la intención de ser la película que organice una nueva iconografía, aunque Black Philip, la cabra negra-demonio, ya es el monstruo más inquietante que se haya visto en años. Donde sí se inscribe The Witch es en una tenue tendencia de películas de terror que intentan transitar los bordes del género y abordar temas medulares: la relación madre e hijo –y la enfermedad mental– en la australiana The Babadook (2014, de Jennifer Kent), la adolescencia tóxica en Te sigue (2014) de David Robert Mitchell o la equiparación del horror de la violencia por encargo con el Mal en esa extraña película de neo horror folk que es Kill List, del británico Ben Wheatley.
En una extraña tangente, The Witch también se mete en otra calle del clima cultural norteamericano: la que vuelve a estar obsesionada por el macartismo. No es extraño: por un lado, la derecha más irracional amenaza con tomar el poder y por otro, la izquierda encarnada en la corrección política más boba también hace su propia cacería de brujas. La revisión del macartismo tiene su representación obvia en la vuelta de Las brujas de Salem de Arthur Miller a Broadway con una puesta renovada. La dirección es del belga Ivo Van Hove, que viene desempolvando clásicos –hizo a Moliére y Marlowe pero también llevó al teatro a Luchino Visconti y Cassavetes– y que en 2014 deslumbró con Panorama desde el puente en Broadway y Antígona en el Barbican de Londres; el año pasado, dirigió el musical Lazarus de David Bowie. Van Hove convocó a la joven estrella (este año nominada al Oscar) Saoirse Ronan como Abigail Williams, a Ben Whishaw como John Proctor, a Sophie Okonedo como Elizabeth Proctor (Okonedo es negra: una decisión arriesgada) y Ciarán Hinds (¡otro Juego de Tronos!, en la serie es Mance Raider) como Danforth. Para Miller, Las brujas de Salem fue una denuncia del macartismo tomando un mito americano; en ese origen de brujas y delación se inscribía el cataclismo político de los ‘50. Se cuelan algunas cuestiones personales: cargarle la cacería de brujas al despecho de Abigail y concederle la redención al infiel Proctor delata el mundo pre liberación femenina de esta obra. También manipula los hechos: en la realidad, Abigail tenía 11 años y Proctor 60 y nunca tuvieron un romance, probablemente no se hayan conocido más que de vista. Miller siempre defendió la rigurosidad histórica de su obra pero hoy se sabe que, aunque hasta usa nombres originales, la pieza distorsiona muchísimo lo que sucedió en Salem. Lo que no le quita potencia ni condición de clásico contemporáneo, apenas habla de qué extraño personaje era Arthur Miller, que escribió la obra en 1953 y que tres años después fue condenado por el Comité de Actividades Anti-Norteamericanas por negarse a delatar. 
The Witch le rinde algunos sutiles homenajes a Las brujas de Salem (o The Crucible, su título original): la metamorfosis de la bruja en liebre –cita de una escena en casa de los Proctor–, la adolescente acusada de puta, la esposa que confiesa “haber sido fría”. Y a la reposición de Las brujas de Salem en Broadway se le suman otras dos miradas sobre el macartismo: la biografía del guionista Dalton TrumboTrumbo, de Jay Roach, protagonizada por Bryan Breaking Bad Cranston, un militante comunista que estuvo en las Listas Negras y siguió escribiendo películas con seudónimo, y Hail Caesar!, la nueva comedia de los hermanos Coen que satiriza la paranoia de la industria y la relación de las estrellas con el Partido Comunista durante los años ‘50, con estrellas como George Clooney y Scarlett Johansson.
The Witch no es un comentario político pero parece decir algo igual de potente: ahora parece un chiste, pero alguna vez muchas mujeres murieron acusadas por volar en una escoba. ¿Hoy resulta igual de ridículo que un artista no pueda trabajar por su orientación política? El diablo se esconde en el bosque pero, como escribió Ursula K. Le Guin, a veces el nombre del mundo es bosque.

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